Península de Valdés, pura naturaleza

El piloto del avión lo anuncia. Casi como si se estuviera viendo un mapa gigante aparece la vista de la península. Es increíble la porción de tierra que asoma desde la ventanilla del avión, su color contrasta con el del mar que la rodea. Como dos grandes mordiscones al continente aparecen el Golfo Nuevo y el San José. Aun a miles de metros de altura, lo que se ve impone, tanto como cuando se recorre la tierra donde las matas reemplazan a las arboledas y el océano con su azul intenso abraza al continente.

Si algo hay imperdible en Puerto Madryn son sus amaneceres que tiñen de colores increíbles la geografía patagónica. El muelle, el mar, el cielo flotan entre tonos naranjas que parecen incendiar el horizonte. El viaje a Península Valdés impone levantarse temprano, el precio de madrugar bien lo vale para ver este amanecer. La excursión lleva todo el día, entre ida y vuelta unos 380 kilómetros, en los cuales se podrá ver todo el paisaje de la estepa patagónica, con sus increíbles contrastes y, como dice la guía Mary Hogg, “sus eternos horizontes”. La vista se pierde en esa geografía minimalista que se abre inmensa a la mirada.

Si algo hay imperdible en Puerto Madryn son sus amaneceres que tiñen de colores increíbles la geografía patagónica

Mary tiene la estampa que le dieron sus ancestros ingleses, tanto como la pronunciación de su nombre: “Mery”. Y aunque se crió en tierra de sierras, nació en San Luis y luego se mudó a La Cumbre en Córdoba, un día se vino a Madryn, para descubrir que éste es su lugar en el mundo. “La Patagonia no acepta término medio, o se la ama o se la odia”, reconoce. Mary es quien acompaña la travesía por la península y quien descubre antes que nadie, y sin prismáticos, a algún representante de la fauna local. “Ahí, al costado miren un choique”, advierte. Un poco más petiso que el ñandú, el ave de plumas grises corre entre los pastos mimetizándose con la vegetación. Guanacos estilizados y bellos, con pestañas que envidiarían más de una, pastan al lado de la ruta, mientras se atraviesa el istmo Ameghino, la estrecha cinta de tierra que hace que Península Valdés no sea una isla. Hay mucho para ver, más allá de las ballenas, en esta reserva natural de 360 mil hectáreas, declarada Patrimonio de la Humanidad, en donde viven sólo cerca de 400 personas.

Un día en la península

Desde mucho más lejos que Mary, llegó hace 16 años a Puerto Pirámides, Stephen Johnson. Nació en Salt Lake City, creció en California y fue a la Universidad en Texas, donde se recibió de antropólogo. Además es fotógrafo, marinero y buzo. Conoció este lugar por primera vez cuando vino a visitar a un amigo y se quedó a vivir. “Un pueblo chico, un pueblo romántico donde todavía hay posibilidades de participar y generar cambios y hacer algo bueno, con un crecimiento sano donde se puede quizás desviar de los grandes rumbos que hemos hecho con las grandes ciudades y hacerlo más prolijo, muchos del pueblo apuntamos a eso”, asegura Stephen, y remata: “Es un lugar muy particular por la energía que tiene”. Hoy está en pareja con una chubutense con quien tiene un hijo de 6 años y es uno de los pocos habitantes de la península. Su pasión por la naturaleza lo llevó a la fotografía, se dedica, entre otras, a las fotos subacuáticas, las cuales expuso en el museo EcoCentro.

“Es un lugar muy particular por la energía que tiene” (Stephen Johnson)

En la temporada de ballenas trabaja de fotógrafo y también hace guiadas, participa mucho en el tema del buceo y de la pesca artesanal, como dice él: “siempre con la cámara en mano”. Cuando se le pregunta si podría vivir lejos del mar a este ex surfer, responde: “Me encanta lo que sea de lugares naturales, me fascinan los desiertos, el bosque es hermoso, pero no podría vivir lejos del mar, este horizonte sin fin. Necesito eso, es algo que uno lo llevo muy adentro, el mar lo tengo que tener cerca”.

Esperando a las orcas

Desde Puerto Pirámides hasta Punta Norte hay 76 kilómetros, que se recorren ansiosos por ver el gran depredador: la orca. Dicen que el día anterior estuvieron y es la zona donde suelen hacer sus “varamientos”, la técnica por la cual sacan gran parte del cuerpo del agua y lo posan sobre la orilla para poder capturar a su presa, que en este caso serán lobitos de mar. El grupo de orcas de Punta Norte lo componen unos 38 individuos, Mary explica que se identifican por su aleta dorsal, el macho adulto la tiene bien recta y puede medir hasta 2 metros, la hembra la tiene recurvada. Entre las orcas identificadas, están Melany (Mel) y Bernardo. Mucha gente espera las orcas, están en sillas, toman mate, algún que otro pregunta hasta qué hora podrán llegar, casi como si fuera una cita. Es que la hora límite depende de que la marea empiece a bajar. Todos desean ver la aleta negra que delata su presencia, pero esta tarde las orcas no aparecieron. Habrá que volver otra vez, o esperar hasta que aparezcan por septiembre por la Caleta, a unos 40 km, donde también suelen cazar. De todas formas el paisaje recompensa y mucho la ida. Y aún más, cuando el atardecer pinta el regreso a Puerto Madryn.

Texto:  Susana Parejas @susupare  Fotos: Marcelo Cugliari @marcelocugliari

Más info: http://madryn.travel/  http://www.puertopiramides.gov.ar/

Agradecimiento: Secretaría de Turismo Municipalidad de Puerto Madryn

 

Video producido por  @Susana Parejas / @MarceloCugliari




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