Jujuy: De la tierra a la sal

A 65 kilómetros de San Salvador de Jujuy, Purmamarca sorprende con su cerros multicolores. Sus calles sin asfaltar y la cadencia de su gente lo convierten en un lugar atemporal. A unas 3 horas de viaje, las Salinas Grandes ofrecen la blanca y exótica belleza del altiplano jujeño. Un viaje para los sentidos.

 

Lo visto en tantas postales no defrauda. Todo lo contrario, se amplifica. Al punto de no poder quitar la mirada de la montaña que la naturaleza dotó de una paleta de tonos maravillosos. Lo llaman el cerro de los Siete Colores, pero se podría asegurar que posee muchos más. Y que esas tonalidades cambian según el tiempo. “A veces cuando llueve le notás más los colores, con el frío se vuelve más opaco. El hecho de despertarme todos los días y ver el cerro es lo que me gusta”, explica Nora Chani mirando la montaña, como si fuera la primera vez, aun cuando lo hizo todos los días de su vida. Nacida y criada en Purmamarca, nunca se fue de su lugar. “Me quedé a hacer tierra en mi pueblo”, afirma y lo dice con ese hablar pausado como saboreando cada palabra. Los jujeños tienen su propia cadencia.

El famosísimo cerro domina a este pintoresco pueblo de la Quebrada de Humahuaca, elevado unos 2190 m.s.n.m. , y a 65 kilómetros de San Salvador de Jujuy. Su nombre en lengua aimara quiere decir “pueblo de la tierra virgen”. Su fundación data de 1594, y guarda la distribución típica: la plaza central, en la que asoma la iglesia, la municipalidad, y el cabildo. La iglesia Santa Rosa de Lima está pintada de blanco y tiene un estilo clásico quebradeño, con sus muros de adobe y techo a dos aguas. Fue declarada Monumento Nacional por las pinturas e imágenes cuzqueñas que posee en su interior. Todos los 30 de agosto, el pueblo y sus vecinos celebran la fiesta patronal, surgen las tonaditas, suenan los erkes y todos salen a celebrar a la virgen. Todo es fiesta en Purmamarca.

El cerro de los Siete colores domina a Pumamarca, pintoresco pueblo de la Quebrada de Humahuaca, elevado unos 2190 m.s.n.m. , y a 65 kilómetros de San Salvador de Jujuy.

Al lado de la iglesia, está unos de sus íconos, el algorrobo, que aseguran tiene más de cinco siglos de edad. Numerosas anécdotas tejieron bajo sus ramas la historia de Jujuy. Cuentan que por 1700, el cacique Viltipoco, recibió con un vaso de chicha al Padre Gaspar Monroy, una estrategia para simular amistad con el evangelizador. En la plaza, desde muy temprano, los colores del mercado de artesanías le hacen competencia a las montañas. Tejidos en telar, o más industriales, pueblan las mesas de los artesanos, que esperan pacientes la llegada de los micros con los turistas. Mantas con violetas, fucsias, naranjas amarillos, o los colores de la tierra. Llamitas, montañas, cardones, están bordados en sweaters, mantas, guantes, caminos de mesa. La feria vibra en el corazón de la ciudad.

Mercado en Pumamarca

Mercado en Pumamarca

Capa sobre capa.Nora es la encargada de contar las virtudes de este lugar jujeño al que llegan cientos de turistas de todos lados del mundo. Sólo basta caminar un rato por sus calles de tierra para escuchar palabras en diferentes lenguas: inglés, francés, italiano. Tantos colores lingüísticos como los hay en las montañas, a las que una compleja historia geológica fue colocando sedimentos, hasta marinos. Capa tras capa que fueron elevadas por movimientos tectónicos y lograron este arco iris natural. El color rojo se lo da la arcilla; el blanquecino la piedra caliza o calcárea; el verde es el óxido de cobre; el amarillo, el azufre. Minerales convertidos en una enorme paleta multicolor, según el color: los años. Millones de años, claro. Los rojos son los más jóvenes; los blancos, los de más edad. Muchos eligen subir al punto panorámico para obtener las mejores fotos, al borde de la RN 52, justo antes de entrar al pueblo una montaña (no muy alta) invita a escalarla con el premio de llevarse la mejor postal. Lo ideal es hacerlo por la mañana, cuando los rayos del sol hacen resplandecer sus colores.

Purmamarca atrapa al que llega. Un pueblo de pocas calles de tierra, y casas bajas, la mayoría de adobe, de colores terrosos, que fuera de la ola de turistas que llegan en combis y en micros a determinadas horas, tiene una calma, casi atemporal. El silencio se rompe con el ladrido de algún perro, o el sonido de alguna quena, o guitarra que sale de algún bodegón. Dice Nora, que no le gustaría que algún día asfalten sus calles, “de la tierra venimos y a la tierra vamos”, sentencia.

Blanca y radiante. Si bien las Salinas Grandes no necesitan prensa, pues es la excursión casi obligada cuando se está en estos pagos, algo hizo que en el último mes se hablara más de ellas. “Están grabando una serie en las salinas”, comentan los lugareños. Se trata de Súpermax, la ficción dirigida por Daniel Burman, que eligió como locación este fantástico sitio. Hacia ellas comienza el viaje, que arranca desde el centro del pueblo y sigue por la Ruta 52, que cruza esta quebrada. El camino va pasando por diferentes paisajes, caseríos, casas de adobe, pastores con sus cabritos, pequeños sembrados, y algunas iglesias se ven al pie de los cerros que también va mutando de colores. Rojos, violáceos, verdes, en todas las gamas imaginadas.

Nora y su marido se quedaron en el pueblo, el turismo les dio la oportunidad de crear un emprendimiento familiar: la agencia San Ignacio Travel, desde donde ofrecen distintas excursiones por las zonas.  “Fui uno de los pioneros en salir a las salinas, cuando el camino era de ripio, hace 20 o 25 años. En ese tiempo este trayecto no lo hacía nadie, y si se quedaba el auto, te tenías que quedar a dormir y demorabas dos o tres días en volver”, recuerda Ignacio.

Cuesta del Lipán

Cuesta del Lipán

Hoy la ruta está en muy buenas condiciones, y el viaje de ida y vuelta lleva entre tres horas y media a cuatro. Serpentea entre las montañas atravesando la Cuesta del Lipán. Sube y sube, curvas y contra curvas, colores que van mutando. La cinta negra del asfalto se vuelve plateada vista desde arriba, parece una viborita zigzagueando por los cerros. Un punto panorámico ofrece la increíble visión de lo que se ha subido. A medida que se van recorriendo kilómetros, se dejan atrás también los cardones, la vegetación comienza a ralear, y aparecen al costado de la ruta, algunas vicuñas. Tan delicadas y elegantes, comen los pastos cortos que tapizan el suelo. Y con solo escuchar los pasos -que son lo más sigilosos posibles- huyen de la cámara.

Hay varias paradas estratégicas sobre la 52, la obligada es cuando se llega a los 4.170 metros de altura, en el Abra de Potrerillos, donde los pasos se deben dar necesariamente más calmos. Allí junto al cartel que marca qué tan alto se está, hay algunos artesanos que trabajan las piedras de la zona. Ofrecen pequeños trozos con grabados de temáticas autóctonas.

A partir del stop y la foto del cartel, se comienza a bajar, hasta que de pronto asomando entre las montañas, allá en el fondo, se divisa una gran mancha blanca, parece que fuera un mar que brilla bajo el sol del mediodía. Son las salinas, unas de las más grandes del país, y es muy probable que la sal que esté usando en su mesa provenga de aquí, ya que se la extrae con fines industriales. Esta enorme planicie de unas 12.000 hectáreas -compartida con Salta- está enmarcada por cerros, algunos con sus cumbres con nieves, el más alto el Chañi, tiene 6.200 metros. Las salinas son una cuenca endorreica (no tiene salida al mar), por eso el agua que baja de las cuencas fluviales de la cordillera se estanca en esta depresión para formar este enorme valle de sal.

La vista se pierde en la planicie blanca resplandeciente, parece no tener fin. Recorrerlas es sentirse en otro planeta (el motivo por el que Burman eligió este lugar), cada tanto aparecen unos rectángulos cortados en la sal, forman una especie de piletones, cuyo interior se ve de un verde azulado. La explicación no tarda en llegar. Estas piletas se inundan con el agua que hay bajo la superficie, y luego se extrae la sal limpia que sube. Todo lo contrario de los turistas, los hombres que trabajan en las salinas se cubren casi la totalidad de su piel, ya curtida por el reflejo del sol.

La cinta negra de la ruta las divide en dos a las salinas. De un lado más trabajo: hay tractores y enormes montañas de sal; del otro más turistas, y puesteros que venden objetos realizados con sal, llamitas, cactus. La foto típica provocada por esta llanura inmaculada es el efecto óptico de estar sosteniendo en la mano a otra persona, o para los que se atreven (se está a 3.500 metros sobre el nivel del mar): saltar y quedar flotando en el aire, otro de los highlightsfotográficos.

Si se siguiera la ruta se llegaría al Paso de Jama, en la frontera con Chile, pero será en otra oportunidad. Se desanda la bella Cuesta del Lipán, disfrutando el descenso, con la esperanza de que tal vez, se pueda ser aun más silencioso para no espantar a las vicuñas y robarle una foto rodeada de este paisaje tan espectacular.

 

 

circuito los colorados 3

Circuito Los Colorados
Un recorrido que vale la pena realizar es la caminata de unos 50 minutos, en Los Colorados, subidas y bajadas, que se abren entre montañas que estallan de un rojo arcilloso con todos sus matices. Son unos 3 kilómetros, que pasan por detrás del cerro de los Siete Colores, no ofrece dificultad ya que se mantiene siempre plano.

Sabores locales 

Dos lugares para probar la cocina local, uno es el restaurante del hotel cinco estrellas El Manantial del Silencio (Ruta Nacional Nº52 Km 3,5) su chef Sergio Latorre,combina con maestría los ingredientes de esta tierra: carne de llama, los papines y maíces andinos, la trucha, la quinua y el amaranto, quesos de cabra. También se come muy bien en Los Morteros (Salta 4619, detrás de la Iglesia), cocina andina con un toque gourmet .

 




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