Jamaica: la vida en otra frecuencia

La hora y media que dura el viaje desde el aeropuerto de Panamá hasta el de Montego Bay es el último momento en que se escucha hablar español. Porque una vez que se pisa Jamaica todos hablan un inglés que tiene su propia musicalidad. Hablan ese idioma para los turistas, ellos tienen su dialecto: el “patois”. Un lenguaje que nació, tal como el lunfardo, para poder hablar sin ser descifrado por extraños.
“Buenos días, señorita”, dice el conductor del micro que nos lleva al hotel, pero sólo eso será dicho en español. Jamaica es la isla anglófona más grande del Caribe y la tercera en la región, aunque fueron los españoles los primeros que recalaron en ella. Colón la avistó en su segundo viaje, en 1494, “es la tierra más hermosa que jamás se haya visto, sus montañas tocan el cielo”, dijo. Por ese entonces la llamaban Xaymaca (tierra de madera y agua) y estaba habitada por los taínos, un apacible pueblo amerindio, que como en muchos otros fue exterminado por los colonizadores. La isla estuvo bajo el poder español hasta 1655, año en que los ingleses los expulsaron.

Los ingleses se fueron del poder recién en 1962 y dejaron no sólo el idioma, sino muchas de sus costumbres, como manejar por la derecha. El imaginario asocia a Jamaica con rastas por aquí y por allá, pero no aparecen tantas. “Ser rastafari no es solamente usar rastas, es una religión”, aclaran. Los rastafaris suman el 2% de los jamaiquinos. El rastafarismo es un movimiento socio-cultural y religioso que considera como encarnación de Dios al emperador de Etiopía Haile Selassie I, quien antes de ser reconocido como tal se llamaba Ras Tafari Makonnen, de ahí el nombre del movimiento. Son vegetarianos, pero comen pescado, consideran a Etiopía como su país natal, por esa razón usan los colores de la bandera de esa nación africana. Y no se cortan su pelo porque está escrito en la Biblia, muchos los llevan oculto, por una cuestión religiosa, en sus tams (gorros tejidos). No toman alcohol y la marihuana, “ganja”, como la llaman en Jamaica, es un sacramento para ellos. Y aunque puede suponerse lo contrario, su consumo es ilegal en la isla.

Los rastafaris no toman alcohol y la marihuana, o ‘ganja’, es un sacramento para ellos. Y aunque puede suponerse lo contrario, su consumo es ilegal en la isla.

Rumbo a Mo-bay.

El micro emprende el camino hacia el hotel en Montego Bay, la segunda ciudad más importante, ubicada en la costa nordeste, y la puerta de entrada en este viaje. Definida por muchos como el “resort por excelencia”. Colón lo llamó “el golfo del buen tiempo” y los jamaiquinos le dicen Mo-Bay. La ruta serpentea entre una tupida vegetación de un verde intenso y parejo, que se asemeja a una gran alfombra de altura; cada tanto aparecen salpicadas las entradas imponentes de los hoteles. Enormes portones de hierro mantienen seguros a los turistas que se alojan en ellos.

Montego Bay es la segunda ciudad más importante, ubicada en la costa nordeste.  Definida por muchos como el “resort” por excelencia.

Allí dentro de esas especies de country de lujo están los complejos hoteleros que supieron imponer desde esta isla y desde hace años el sistema “all inclusive”, todo incluido. La mayoría de ellos está junto al mar. El combo de bar libre, comidas variadas, diversión nocturna, más piscinas imponentes junto a playas de mar calmo y tibio, es parte de la oferta que tanto atrapa a los turistas de todos lados del mundo. Aunque los europeos y americanos llevan la delantera, los jamaiquinos están esperando que el mercado latinoamericano recale en sus playas.

Las notas pausadas del reggae acompañan el viaje. “No woman, no cry”, canta Bob Marley desde los parlantes del bus. Y es en ese momento, a poco de llegar, con el mar turquesa, las montañas verdes –tan verdes–, la arena que se asoma blanca por momentos en algún recodo de la ruta, que se tiene la seguridad absoluta de que se llegó a Jamaica.

La playa sin fin.

Desde el hotel en Mo-Bay hasta Negril se tarda aproximadamente una hora, y unos minutos más en auto. Las palmeras reales se hacen notar con su belleza que se elevan varios metros hacia el cielo. Adrian Harrison, el guía que nos acompaña, cuenta que en Negril la altura permitida de construcción de los edificios no puede superar a la de la palmera más alta. El hotel Palladium tuvo que sacar un piso completo para cumplir con este requisito.  El calor se siente. Es húmedo, pegajoso, se mete en la piel. La mente busca compararlo con algún día del verano de Buenos Aires, pero no se encuentra algo así.

Cuando alguno pregunta qué tiene de bueno Negril, lo primero que surgen son sus 11,2 kilómetros de playa, de arena siempre blanca, con el mar turquesa, ideales para hacer snorkeling o buceo. En el camino, se pasa por la población de Lucea (se pronuncia Luci), es el horario que los chicos salen de la escuela. “Todas los escolares llevan uniformes”, nos aclara Adrian. Los colores de los uniformes son variados, los hay beige, verde agua, turquesa, bordó, cuadrillé. Una paleta de colores que alegra la ciudad. Otra de las costumbres que sorprende es que “el matrimonio no es tan importante en Jamaica”.

En Negril hay 11,2 kilómetros de playa, de arena siempre blanca, con el mar turquesa, ideales para hacer snorkeling o buceo.

Tal vez sea una paradoja que miles de parejas de todo el mundo elijan este destino para casarse, incluso los hoteles ofrecen paquetes que incluyen la romántica ceremonia cerca del mar. Pero lo cierto es que para los jamaiquinos este sacramento no es tan importante. Las parejas suelen tener un promedio de tres hijos. Y éstos, cuando son grandes, siguen viviendo con sus padres. El paisaje ofrece una postal de esta costumbre, en la mayoría de las casas sobresalen del techo cuatro columnas de hierro, anticipando la necesidad (segura) de ampliar en un futuro.

Ya en Negril, la playa se abre inmensa a los ojos. El sol invita a un baño en esas aguas transparentes casi tibias. Los casi 12 kilómetros de arena blanca se extienden en todo lo que da la vista. El faro de Negril, construido en 1894, ofrece una vista panorámica de la zona después de una subida de 100 escalones. Pero, si hay algo imperdible en el lugar son las puestas de sol. Y el sitio para verlas, definitivamente es el Rick’s Café. Justo antes de que el sol caiga, los clavadistas dan su espectáculo arrojándose desde un acantilado a 9 metros de altura. Cámara en mano para captar el momento mágico y cerveza, o un trago con ron, jamaiquino por supuesto, son un buen acompañamiento para el atardecer.

Naturaleza for export.

No lejos del sitio donde Colón desembarcó hace más de 500 años, está Ocho Ríos, en el mismo corazón de la región norte. Acantilados poblados de helechos y cascadas son parte de la geografía de esta región. Justamente el museo al aire libre Columbus Park en la Bahía del Descubrimiento (Discovery Park) permite conocer el sitio exacto del desembarco del genovés. Hay dos excursiones muy divertidas para hacer en esta parte de la isla. Una es nadar con los delfines de Dolphin Cove, donde se pueden tocarlos y hasta recibir un beso de parte de “Miguel” o de “Shakira”. Pero, sin dudas la mayor atracción natural, y la mayor marketinera de Jamaica es la cascada River’s Dunn. Su caída de 183 metros hasta el mar, permite subirla a través de las piedras calizas que componen su lecho. Hay que usar unas zapatillas especiales para no resbalarse. Es muy gracioso ver las filas de turistas agarrados de las manos, como si fueran niños del jardín de infantes, subiendo una cuesta empinada. El ticket cuesta unos 15 dólares.

La mayor atracción natural, y la mayor marketinera de Jamaica es la cascada River’s Dunn, con una caída de 183 metros hasta el mar.

A un costado de la entrada al parque se encuentra un colorido mercado de artesanías, atendido por unos insistentes vendedores. Salen de aquí y de allá, entre los pasillos estrechos de esta feria, ofreciendo sus mercancías. Si no hay deseos de comprar, lo mejor es no entrar porque es imposible curiosear tranquilo, y si quiere comprar algo: regatear el precio es la costumbre, seguro se conseguirá una rebaja. Las tallas en maderas son muy buenas.

Más allá de llevarse la música, el paisaje, el trato con los jamaiquinos, que hacen gala de un ritmo increíble, hay que probar también los platos regionales. Como la carne (ya sea cerdo o pollo) a la jerk. La sazón que le ponen está hecha a base de pimiento muy picante, cebolla blanca y verde, o el pescado a la sal con ackee (una fruta que cuando se cocina tiene un sabor parecido a huevos revueltos), que es el plato nacional. El ackee es originario de África occidental y es consumido exclusivamente en Jamaica. También, el bammie, una especie de barquillo tostado y aplanado que se come con pescado.

Si bien los resorts cuentan con cocina internacional, todos ofrecen la comida regional que lleva el verdadero sentir de Jamaica, donde todos se toman su tiempo. Parece que todo transcurre más lento en esta isla, hay que dejar el ritmo de la ciudad ni bien se baja del avión, y adaptarse a la cadencia jamaiquina, casi más aún que la del reggae. Tal vez por eso del “no problem”, todo va a llegar cuando tenga que llegar. A su tiempo.

 




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