MachuPicchu

Desde Cusco a Machu Picchu

Lejos quedó el cielo gris de Lima,Cusco regala el sol que da la bienvenida y acaricia la piel sin timidez alguna. Hay que tomarse tiempo, o un rico té de “muña”, la menta andina, para que pase el “soroche”, tal como aquí llaman al mal de altura. Los 3.400 metros sobre el nivel del mar que acusa esta ciudad hacen que los pasos se hagan necesariamente más lentos. Es cuestión de aclimatarse para comenzar a descubrirla. El punto principal para partir es la Plaza de Armas, lugar donde se efectuaban las ceremonias sagradas en épocas prehispánicas, a su alrededor se construyeron los palacios de los emperadores y cada año se celebraba el Inti Raymi o Fiesta del Sol. Con la llegada de los españoles, las iglesias comenzaron a rodearla: la Catedral forma una trilogía junto con la iglesia de Jesús María (o la Santísima Trinidad) y la del Triunfo, a cada lado. La Iglesia de la Compañía de Jesús también impone su arquitectura en otro de los laterales de la plaza.

Baluartes del tiempo. A sólo dos cuadras de la Plaza de Armas, dos edificios son verdaderos testigos del pasado cusqueño. Están uno al lado del otro, en la Plazoleta Nazarenas, donde también se encuentra el Museo Larco de Arte Precolombino y varios negocios con productos locales. Ambos pertenecen a la colección de hoteles Belmond. El Monasterio fue construido para tal fin en 1595, donde estaba el palacio inca Amaru Qhala. En 1598, pasó a ser el seminario de San Antonio Abad, para sacerdotes católicos. En 1965 se convirtió en hotel, hoy es un sitio histórico nacional protegido por el Instituto Nacional de Cultura del Perú. Su arquitectura es de estilo colonial renacentista, su capilla está adornada con ornamentos revestidos en oro. Y cuenta con una gran colección de obras de arte sacro, que se exhiben en los pasillos y en cada cuarto, de los 125 que tiene convirtiéndose en guardián de estas obras de valor incalculable. El otro baluarte es el Palacio Nazarenas, originalmente fue un convento del siglo XVI, luego de cuatro años de reconstrucción se abrió el hotel en junio de 2012. El pasado se siente entre sus anchos muros de piedra.

20140703_151837Por el Valle Sagrado. Pisac es la puerta de entrada al Valle Sagrado, que se extiende entre las ciudades de Pisac y Ollantaytambo. El pueblo trazado por los españoles en 1570, se abre a la vista con sus casas de adobe, con sus paredes blancas y balcones azules. na breve caminata bajo el sol del mediodía por este pintoresco pueblo, que está a 32 km de Cusco y a 2.950 metros de altura, desemboca en su famoso mercado con una explosión de colores, tan vivos como variados, muchos textiles de alpaca, caminos de mesa bordados, “chullos” (gorro en quechua), cerámica, pinturas, antigüedades y joyas. Un puesto al lado del otro, en pasillos que arman un laberinto multicolor. En el valle, una grata sorpresa espera a 4 kilómetros de la ciudad de Urubamba, casi como una villa andina que baja por la montaña se descubre el Belmond Hotel Río Sagrado. Las clásicas tejas de diferentes construcciones, que ocupan las suites, las áreas comunes y el spa, se mezclan con el verde intenso de la vegetación. Una arboleda frondosa acompaña el recorrido del río en el que termina el parque.

Del valle hacia la selva. Cielo azul, siempre azul, y sol brillante. Falta muy poco para las 9 de la mañana. La estación del tren Hiram Bigham en Poroy es una fiesta. La alegría arremete contra los 3.500 metros de altura. Está próximo a salir el tren hacia Aguas Calientes, la estación y el pueblo homónimo cruzado por el río Urubamba. Danzas regionales, alentadas por el sonido de la quena y una ceremonia ritual ofician de bienvenida. La formación de color azul con sus letras doradas ya está esperando en el andén. Entrar en él es hacer un flash back al lujo de los años ’20. Años en que fueron construidos. En 2001 llegaron desde Sudáfrica al Perú, y luego de ponerlos a punto, se realizó el viaje inaugural en 2003. Los más bullangueros se van al último vagón, llamado Observatorio, desde donde se aprecia el paisaje y pone todo el ritmo una banda. Las enormes ventanillas ofician de marco para postales que van cambiando por tramos. A medida que se avanza, la “ceja de selva”, como denominan aquí a la selva de montaña, empieza a asomar por la ventanilla. Dentro de pocos minutos se estará arribando a Aguas Calientes a 2.000 metros de altitud. Desde la estación varios micros cumplen la última parte hasta el destino final: Machu Picchu a 2.400 metros de altura. El recorrido termina en la puerta del Belmond Sanctuary Lodge. Su edificación aparece entre la vegetación selvática, desde sus jardines se tiene una vista privilegiada de la ciudadela inca.

Machu Picchu. Imponente y conmovedor a la vez. Es tal la mística que emana este santuario. Rodeado de picos tan verdes, coronados por nubes blancas. Para los escépticos, la montaña sobre la que está construida esta increíble ciudadela es de granito, los minerales que componen está piedra serían los culpables de esta particular energía. Los historiadores coinciden en que Machu Picchu fue construida a mediados del siglo XV bajo las órdenes de Pachacútec. Su existencia era sólo conocida por los habitantes locales hasta que Hiram Bingham, el estadounidense profesor de historia y geografía de la Universidad de Yale, las encontrara y las expusiera al mundo entero. Una serie de sucesos se entretejieron para que diera con estas ruinas el 24 de julio de 1911, fecha que quedó para la historia como el día en que un hombre redescubrió este mágico sitio, hoy una de las 7 Maravillas del Mundo y Patrimonio de la Humanidad.

 

 

Texto: Susana Parejas. Lee la nota completa en Revista 7 Días. Fotos: Susana Parejas y Gentileza Belmond 20140705_105401




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