Daniel Isaacs C Marcelo Cugliari

La fotografía en una novela

Daniel Isaacs presenta su primera novela, «Un hombre que hacía retratos», una historia de descubrimiento y fascinación con el arte de fotografiar, donde recrea, además, los orígenes de la fotografía.

Al escritor y al protagonista de esta novela los separan muchas cosas. Tantas. Pero hay una que los une más allá de la narrativa y la ficción: su pasión por el arte de la fotografía. Daniel Isaacs nació San Juan, Argentina, pero la vida lo llevó a navegar por otros lugares. En su juventud estudió arquitectura en Bogotá, sus raíces colombianas lo emparentan con el escritor de la célebre novela María: Jorge Isaacs es su chozno. Luego, partió para hacer una maestría de diseño modernista catalán a Barcelona, ciudad en la que ancló por treinta años. Hoy, su destino es Milán, donde vive actualmente, junto con su esposa e hija. Buenos Aires no queda excluida de su carta de viaje, vivió hace unos años, y recala cuando alguna exposición de fotos lo requiere. Su seudónimo de fotógrafo es Patricio Reig.  Pero, esta vez, la razón de su visita a la capital porteña no tuvo que ver con una muestra, sino con la presentación de su primera novela publicada por Emecé. Una tarde lluviosa y bastante fría, en una sala de la Fototeca Latinoamericana (FOLA), en el barrio de Palermo, presentó su ópera prima: “Un  hombre que hacía retratos”, que, como el título anticipa, tiene mucho que ver con el arte de fotografiar.

Tarak, el protagonista de su novela, también viajó por el mundo, pero sólo conoció dos países, el natal: India, e Inglaterra. “Inteligente, espabilado, y radiante como el ébano de Ceilán era Tarak”. Desde que conoció, por casualidad, el arte de la fotografía, a través del inglés David Douglas, se enamoró de ella. Tenía decinueve años. Tarak era un gran dibujante, y trabajaba de ello, pero al descubrir este nuevo medio quedó maravillado por las posibilidades expresivas que le ofrecía, encontrando en el retrato la clave de su pensamiento espiritual.  La novela transcurre en el siglo XIX, pleno reinado de la reina Victoria. La visión mística de la fotografía que tiene Tarak y su espontaneidad no atada a ninguna premisa de la época, lo lleva a lograr un retrato de la mujer universal. Una foto que condicionará su destino.

Mientras los protagonistas tejen sus historias, en una trama que transcurre entre un ir y venir de los recuerdos, entre dos culturas tan antagónicas, y una India en pleno dominio británico, Isaacs recrea los orígenes de la fotografía en el período victoriano y el ambiente de los grandes estudios de Londres y París.

Escribiste ensayos y pounnamed-5esías, ¿cómo surgió la idea de escribir esta novela?  

Yo tenía ganas de explicar un poco la historia de la invención de la fotografía, pero de ensayos estamos saturados. Y, realmente, la Historia -toda la Historia- es lo que les sucedió a las personas. La historia de las enciclopedias es de una línea que está patentada por hechos y por lugares, pero la historia real es la que le sucedieron a tus bisabuelos, a tus abuelos con la guerra civil. Entonces, contar la historia de la invención, o de la ficción, es una muy buena forma de contar la otra historia. La ficción a diferencia de la realidad tiene un principio y un final, tú empiezas con la primera parte y tienes que tener un final. En cambio, la realidad está abierta. Entonces, eso es una cosa que tú tienes que tener muy claro a la hora de escribir una novela: ha de tener un final. Si bien, es muy importante tener una estructura en la mente y saber estar dentro de la ficción aunque es un ámbito de la realidad, porque el escenario es real en este caso, la historia se va dictando. Una parte de la novela en la que se cuenta una decisión que toma Douglas, cuando le dice a Tarak que no va a ir a la próxima expedición, y lo deja escrito en una carta, esa decisión la tomé caminando del estudio a mi casa. Iba pensando: «Es que no puede ir». Y eso pasa, luego la misma estructura se va a acomodando cuando corriges, vas viendo cómo se aproximan las cosas, cómo deben ir más distantes, cómo tiene que haber un equilibrio literario narrativo.

¿Cómo fue el proceso de escritura? 

Me dio bastante trabajo. Hasta el fin del primer borrador, la novela se escribió aproximadamente lo que dura un niño a gestarse: unos nueve meses, y de ahí a esto hay un camino bastante largo. Algo que me interesaba bastante es que los capítulos tuvieran independencia, incluso utilizar un sistema parecido a cómo funciona una ópera. Me interesa, me gusta muchísimo que los personajes tengan la individualidad para quedarse en algún momento en el escenario solos y hablar. Silencio y el personaje habla. Darle la oportunidad de que desarrolle un aria. Hay momentos que Tarak reflexiona y habla, cuando llega a Inglaterra y le está contando a la otra persona qué piensa él qué es la fotografía, tiene un solo. Douglas también tiene un solo. Alexandra tiene uno. Y, para mí, es muy importante darle al personaje eso.  Esto es como la tortilla de patatas, algo parecido, la patata no puede ir por un lado, la cebolla por otro y los huevos por otro, tiene que haber una sinfonía. Justamente, la afinación de un texto hace que haya una armonía y es muy importante para mí que la música suene bien, que esté afinada. Incluso utilizo la técnica de grabar los capítulos, y luego salgo a caminar, me pongo los casquillos y vas escuchando un poco. Esto te sirve para sentir la música de lo que has escrito, de repente hay dos términos que se acercan peligrosamente y no debería ser, o falta un acento, una fuerza en algún lado. Y, todo esto viene a esta olla, que es la novela, procurando también no caer en el exceso, no querer gustar demasiado, decir demasiado, escribir demasiado. Voy un poco por ahí.

¿Por qué la idea de que la novela transcurra en la India, estuviste allí? ¿Cómo fue la búsqueda de documentación?

No estuve en la India, tendría la mente contaminada para escribirla. En primer lugar, en la historia que nos ocupa, uno de los referentes era la India y muchos de los fotógrafos que abrieron la fotografía ambulante se fueron a ese país, o pasaron por él, como Felice Beato, o Roger Fenton. Es la idea mental del escenario más que la idea descriptiva, no es una novela que tiene la idea de describir un lugar. Muchas de las cosas están contadas para ser rellenadas por el que lee. Me interesa que el lector vaya asumiendo ese compromiso, porque tú comprás un libro y adquieres ese compromiso: el de leerlo. Son dos compromisos, para mí contigo y tú con la historia. Más me interesaba que un británico estuviese en la India y que un indio estuviese en Gran Bretaña porque son dos cruces de culturas, y porque también son dos caminos que son lo mismo un poco, pero que también se dividen. Más me documenté con el tema de la historia, la historia de los historiadores, que es aquella que encontrás en las bibliotecas y en la enciclopedias, procuré que estuviese bien armado ese teatro en el que sucedía esa historia, simplemente. Pero, como te dije antes no era la misión de hacer una descripción.

¿Por qué Tarak convierte en algo místico y tan espiritual hacer retratos?

En los tiempos que vivimos de la frivolidad fotográfica también conviene hacer una reflexión, la novela transcurre en la época en que se manejaban otros tiempos y conseguir un retrato no era algo fácil. Cuando Tarak se encuentra con la fotografía, entiende en este medio mucho de los conceptos espirituales que no son otra cosa que el budismo puro y duro. Es una doctrina muy simple, pero tiene cuatro o cinco cosas muy claras, esto se puede aplicar y en este caso es lo que sucedió. Tarak encontró las claves de esa espiritualidad en la fotografía. Creo que lo lleva hasta el final. En esa época había unos órdenes muy marcados que él no conocía, entonces hace foto de una manera muy natural, y lo que le salen son retratos que no son victorianos -aunque sea en época victoriana- pero que tienen toda la carga de la espontaneidad y la espiritualidad. Y eso es lo que lo hace grande a la hora de plantar esto en Inglaterra y mostrarlo, cuando lo ven los maestros de la fotografía dicen: «Esto es increíble». Y son retratos de gente común que se sentó frente a una cámara, para ser ni siquiera retratada en una actitud totalmente desconcertante.

Daniel Isaacs, junto con el fotógrafo Pablo Cabado y la escritora Mercedes Güiraldes, en la presentación en FoLA.

Sé que también en tus fotos utilizás  las técnicas que dieron origen a la invención de la fotografía. ¿Qué cuota de espiritualidad encontrás en la fotografía contemporánea?

El objetivo es un poco diferente, porque la fotografía, o el arte en general, ya desde hace cien años se convirtió en un producto de intercambio económico, y no quiero ya decir el arte contemporáneo totalmente. Es muy difícil que en la obra de los artistas actuales contemporáneos puedas encontrar un discurso verdaderamente comprometido con la espiritualidad. Lo hay, no quiere decir que no lo haya. Pero, sí creo que desde luego se tendría que percibir, marcaría la diferencia. Tendría que marcar la diferencia, porque si no entramos todos en esa banalidad, y simplemente, sería un artículo de cambio comercial. Entonces, de alguna forma la novela reflexiona sobre eso.

¿Te gustaría que alguien dijera de vos que eras “un hombre que hacía retratos”?

En parte sí, aunque las circunstancia en las que se dice la frase en esta novela es en un momento muy difícil, está dentro de un contexto. Pero sí, quizás me gustaría más que la frase fuera más amplia e incluyera la literatura también, como algo parecido al humanismo. El hombre del Renacimiento era también humanista y entraba a las diferentes disciplinas. El más grande ejemplo es Leonardo Da Vinci, pero hay tantos. Yo vivo en Milano la ciudad donde hay todo el apogeo del Renacimiento italiano, y hay mucho de él. En su época era un humanista, un hombre que transitaba por la poesía, el dibujo, la arquitectura, la gastronomía… El humanismo sí me interesa,  puede haber un rescate del hombre actual y de una necesidad de un hombre más humanista que no tenga los límites demasiado marcados.

 

 




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