Cachi, el pueblo blanco

De origen prehispánico, despliega su minimalista belleza, en el corazón de los valles calchaquíes salteños. Un paseo para descubrir su riqueza arqueológica y cultural, más lo asombroso que regala el camino para llegar.

El sol anuncia que el día será brillante y cálido. Y el cielo se muestra despejado de nubes. Aquí en Salta el color del cielo es más intenso. Limpio. Con una luminosidad particular. Aún es temprano, pero es el momento de cargar el termo para el mate y subirse al auto. Hay que comenzar a recorrer los 157 kilómetros que separan la ciudad de capital de la provincia de Cachi. Se toma la ruta 68 hacia el sur, y cerca de la localidad de El Carril aparece la ruta provincial 33, que lleva hasta la Quebrada de Escoipe. La vegetación -casi selvática- puebla de verde el paisaje, que va mutando a medida que se va subiendo hacia la Cuesta del Obispo, el tramo empinado y zizagueante de esta ruta.

Curvas y contracurvas, la selva se convierte en paisajes más áridos, donde en cada giro la mirada se asombra. Verdes, marrones, grises, los cactus comienzan a aparecer, incluso algunas “vacas alpinistas”, como les llama el guía.

Y se llega al punto panorámico: La Piedra del Molino, desde dónde se puede contemplar ese camino colmado de rulos, un cartel anuncia que se está a 3.348 metros sobre el nivel del mar. La vista es única. Sólo hay que detenerse a mirar.

Lo que da el nombre al lugar es una piedra de moler tallada en granito de varias toneladas. Cuenta la historia que en el año 1927 era transportada en carro hacia una estancia del valle, pero por su gran peso se partió en dos. Sus dueños jamás volvieron por ella, sin saber que se convertiría en un punto turístico.

Curvas y contracurvas, la selva se convierte en paisajes más áridos, donde en cada giro la mirada se asombra. Verdes, marrones, grises, los cactus comienzan a aparecer, incluso algunas “vacas alpinistas”, como les llama el guía.

Al costado de la ruta, donde un grupo de artesanos ofrecen sus productos, Marcos Acosta, de 22 años, hacer surgir las notas de una “ocarina”. Se trata de un instrumento musical de viento, de forma ovalada y ligeramente alargada, que contiene orificios y se toca como en la flauta. “Están realizadas en arcilla de la zona, que es cocinada a 900 grados de temperatura”, detalla. Cuenta que su papá es músico y toca el charango y el violín desde toda la vida, pero, aclara, él aprendió a tocar la ocarina sólo hace tres años.  Todavía se escucha ese dulce sonido de fondo, cuando se retoma el camino.

 

Custodios del norte. Unos 12 kilómetros de largo, sin nada por delante que entorpezca la visión, componen lo que se llama la famosa Recta de Tin Tin, a unos 3.000 metros de altura, de un costado está el cerro homónimo y del otro el Cerro Negro. Este camino -sin ningún zig zag- atraviesa el Parque Nacional Los Cardones. Este sitio protegido ocupa un poco más de 64 mil hectáreas, en Payogasta, centro oeste de la provincia de Salta.

“A mayor altura mayor cantidad de brazos”, nos comenta el guardaparque Facundo Burgos. Él es quien guía el recorrido bajo sol que cae con dureza casi perpendicular. El calor se siente, y la sombra de un cardón enorme se agradece. A través de su relato, se sabe que Argentina es el segundo país en el mundo más importante en la extensión poblada de cardones, México es el primero. Otro dato importante, es que el cardón, o pasacana (Trichocereus pasacana), sólo crece por semilla. El dato más curioso y tierno es el de la planta jarilla. Qué actúa como una verdadera niñera. La importancia de esta relación está dada, porque de las 8000 semillas que produce cada cardón, sólo germina una, y esto depende de que esta semilla caiga y germine bajo alguna planta que le brinde protección, tanto del sol como de las nevadas. Extrema supervivencia.

El crecimiento promedio de un cardón es de 1 a 5 centímetros por año, y pueden llegar a medir unos 3 o 4 metros de alto, y tener raíces de hasta 15 metros de profundidad. Para ver su hermosa flor habrá que esperar unos 50 años. Y detrás de su belleza hay una leyenda contada de boca en boca. Cuentan los lugareños que Pasakana, hija de un poderoso cacique Inca, no tenía el consentimiento de su padre para casarse y escapó con su amado Kehuaillu. La pareja de enamorados huyeron y pidieron protección a la Pachamama, madre tierra, y fueron protegidos: Kehuaillu surgió envuelto en un poncho verde, dentro del cual tenía abrazada a su dulce amada. Dicen que cuando la doncella quiere ver la belleza de los cerros, se asoma convertida en flor. Entre mediados de diciembre y enero, pueden verse florecidas tiñendo de amarillo el campo del Tin Tin. En donde también viven la vicuña y el huemul -o pequeño ciervo del norte-, además de cóndores que sobrevuelan la zona desplegando sus enorme alas.

El crecimiento promedio de un cardón es de 1 a 5 centímetros por año, y pueden llegar a medir unos 3 o 4 metros de alto, y tener raíces de hasta 15 metros de profundidad.

Rojo que te quiero rojo. “A ese ají que lo tiene que tratar de usted”, aclara sonriendo Norma Quipildor, cuando se le pregunta si pica mucho. Hace ocho años vende sus especias en un puesto al lado de la ruta camino a Cachi. Bajo un techo de cañas, donde el sol imprime caprichosas figuras geométricas sobre los sobrecitos que guardan pimentón, cúrcuma, pimienta, orégano.  A quince kilómetros de Cachi se encuentra Payogasta. Este pueblo de calles angostas de tierra y algunas construcciones de adobe, es “la cuna del pimentón y el ají”. Tal como se ufanan los lugareños. Son muy pintorescos sus “secaderos de pimiento”, recibiendo de rojo intenso al visitante. Los hay en los cerros y en los campos e incluso en mismo pueblo, en los que se distribuyen toneladas de pimiento con el fin de secarlos al sol y así transformarlos en el famoso  pimentón salteño.

Esta pintoresca actividad durante la época de cosecha (de marzo a mayo) atrae visitantes, tanto que las agencias de turismo venden el “Red tour”. La cosecha sigue la tradición de realizarla a mano. Una vez resecos -lo importante es que el color se mantenga parejo- se trituran para hacer el pimentón. Todos los años, en el mes de julio, se lleva a cabo la Fiesta Provincial del Pimiento, donde por supuesto se lleva todos los honores este fruto color rubí.

 

Paseo de pueblo. “En la puerta de mi casa tengo una planta de ají, si no me dejas tu amor, yo no me muevo de aquí”. Es la tonada que nos recibe en Cachi, el pueblito prehispánico que se encuentra a 2.280 metros de altura. El origen y el significado de Cachi todavía se discute. En idioma quechua la palabra Cachi significa “sal”, pero no se puede explicar su razón, algunos sostienen que fue un depósito de este producto en épocas prehispánicas; otros sostienen que al ver los cerros de la cadena del Nevado de Cachi –de más de 6 mil metros de altura- con sus cumbres cubiertas de nieve, los aborígenes pensaron que era una gran salina. Otra etimología de la palabra proviene de la lengua de los antiguos diaguitas de donde “kak” significa peñón, piedra, roca y “chi”, silencio, soledad. Se podría decir que todas tienen algo de cierto, sólo basta mirar por sobre los techos para ver los picos nevados, y si no fuera por los cantos de “La coplerita de Cachi”, como todas las conocen incluso tiene hasta página de Facebook, el silencio se impondría aquí.

Silvia sonríe y hace sonar su caja, hecha con madera terciada y cuero de panza de vaca, y las tonadas van saliendo una tras otra. Su voz retumba en el silencio del ya pasado mediodía en la plaza pueblo, rodeada de casas que el sol hace aún parecer más blancas su paredes pintadas a la cal. Hace calor, y es de suponer que muchos ya estarán encarando la rigurosa siesta.

La coplerita aprovecha la sombra de los árboles de la plaza 9 de Julio que data del siglo XIX, rodeada por una pirca. Una mirada alrededor de ella pone en perspectiva a la iglesia San José, declarada monumento nacional en 1945. Está rodeada por senderos de adoquín y casas con base de piedra. Cada 19 de marzo se celebra su fiesta patronal.

A un costado de la iglesia, se impone la recova, en donde traspasando los arcos neogóticos, se encuentra el Museo Arqueológico Pío Pablo Díaz. Nació en los ’70, de la mano de un grupo de arqueólogos, su colección tienen más de 5000 piezas de la cultura in-paya, extraídas de yacimientos de la zona.

Una caminata desde la calle Bustamante, que se inicia frente a la iglesia, lleva al pueblo viejo, con sus calles empedradas, atravesadas por canales de riego. Con sus antiguas casa de anchas paredes de adobe, techos con caña y barro, las veredas altas de piedra y lajas, que a veces obligan llegar a la esquina para descender.

“Desde Salta he venido, cruzando zanjones, por entre medio de las piedritas, destrozando corazones”, se escucha cantar a Silvia, ante un grupo de turistas que esquivo la siesta. Sin duda, a ella le gusta más cantar que cumplir el culto de dormirla.

PARA VER:

 

Mirador de Cachi

Caminar 1 Km, siguiendo por calle Ruiz de los Llanos hasta calle De los Ríos doblando hacia la derecha y cruzando el río Cachi. En el segundo cruce, tomar la derecha para subir por el camino vehicular, también se puede optar por un sendero peatonal que empieza en el cruce, para llegar al Cementerio.

 

Parque Nacional Los Cardones

La entrada es gratuita y se puede acceder todo el año. El horario de ingreso es de 9:30 a 18. Un dato: en el parque no hay servicios turísticos.




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